Hay un momento en la vida de toda
feminista en el que se prueba por primera vez sus gafas violetas, gafas que nos
proporcionan un estallido de luz cegadora cada vez que observamos una escena
machista. El síndrome comienza en los primeros meses y evoluciona rápidamente a
la par que leemos cosas que nos abren más los ojos.
Esos primeros meses son impactantes porque descubres violencia en tu idílica
relación de pareja, ves que tu padre (portento de igualdad para las vecinas) lo
único que hace es una ínfima parte porque el peso de toda la casa lo lleva tu
madre (sí, esa señora que en tu adolescencia había sido una bruja, se convierte
en tu icono de mujer en lucha), las relaciones jerárquicas de género en tu
grupo de amigxs, u observas como el espacio comunicativo de tu clase lo dominan
los hombres, y te descubres dando más crédito a opiniones masculinas que a las
de tus compañeras.
Son unos meses de despertar, de descubrir que el mundo en el que habías
recibido talleres de igualdad en el cole y la profa te había dicho que ser niña
o niño daba igual para tu futuro, es un mundo estafa.
A la vez entiendes como los dolores del pasado tienen sentido, como se
completan las historias entendiendo esa violencia que se hace invisible si no posees
unas gafas violetas.
Ves también tus propios machismos, tu machista manera de ver el mundo: has
llamado a mujeres puta y zorra, te haces la tonta en conversaciones con chicos
y te sientes de lujo cuando te dicen que eres “uno más” ¿En serio?
Sí, las herramientas que tiene el patriarcado, y que usa durante todo tu
periodo de socialización, han conseguido colocarte en el piso inferior y de una
forma tan camuflada que te piensas en igualdad. já!
Supongo que es un periodo de descubrimiento, de despertar, del que sacamos
fuerzas para luchar el resto de nuestra vida, porque ante semejante patraña no
podemos rendirnos. Por eso nos entra la risa cada vez que nos dicen que nuestra
lucha es absurda y obsoleta. Lo único que pasa es que no todo el mundo tiene la
suerte de tener unas gafas violetas.
Feministas ácidas.
Esos primeros meses son impactantes porque descubres violencia en tu idílica relación de pareja, ves que tu padre (portento de igualdad para las vecinas) lo único que hace es una ínfima parte porque el peso de toda la casa lo lleva tu madre (sí, esa señora que en tu adolescencia había sido una bruja, se convierte en tu icono de mujer en lucha), las relaciones jerárquicas de género en tu grupo de amigxs, u observas como el espacio comunicativo de tu clase lo dominan los hombres, y te descubres dando más crédito a opiniones masculinas que a las de tus compañeras.
Son unos meses de despertar, de descubrir que el mundo en el que habías recibido talleres de igualdad en el cole y la profa te había dicho que ser niña o niño daba igual para tu futuro, es un mundo estafa.
A la vez entiendes como los dolores del pasado tienen sentido, como se completan las historias entendiendo esa violencia que se hace invisible si no posees unas gafas violetas.
Ves también tus propios machismos, tu machista manera de ver el mundo: has llamado a mujeres puta y zorra, te haces la tonta en conversaciones con chicos y te sientes de lujo cuando te dicen que eres “uno más” ¿En serio?
Sí, las herramientas que tiene el patriarcado, y que usa durante todo tu periodo de socialización, han conseguido colocarte en el piso inferior y de una forma tan camuflada que te piensas en igualdad. já!
Supongo que es un periodo de descubrimiento, de despertar, del que sacamos fuerzas para luchar el resto de nuestra vida, porque ante semejante patraña no podemos rendirnos. Por eso nos entra la risa cada vez que nos dicen que nuestra lucha es absurda y obsoleta. Lo único que pasa es que no todo el mundo tiene la suerte de tener unas gafas violetas.