Me subí al bus y me fui a la parte de atrás para sentarme en esos asientos
que tienen otro delante en el que puedes poner las piernas y flipar de
comodidad. Había muchos sitios libres, pero fui a sentarme en el que cambió mi
mañana por completo. Miré a mi compi de asiento y el pasado llamó a mi puerta.
Me resultaba más que familiar el tipejo. Conocía a la perfección ese pelo y ese
intento de barba mal afeitada.
No tenía libro, ni música, ni nada. Solo podía entretenerme mirando a mi alrededor,
lo cual no era idóneo en ese momento. Era muy incómodo mirar descaradamente
hacia otro lado. Cambiarse de asiento no era opción.
Agarré el móvil para que pareciese que estaba a mis cosas. Empecé a escuchar
al compi hablar por teléfono. Era la típica conversación en la que dices que
estás llegando. Pocas paradas después se subieron bastantes personas, entre
ellas la persona menos esperada: cara lechuga. Cara lechuga tardó un poco en saber que yo era yo (tal vez por mi cambio físico). No asimiló que yo estuviese
sentada al lado del tipejo. Su cara se alechugaba más y más. Empezaron a
hacerse las personas más felices del mundo, que no sé si lo serán peeeero lo
dudo mucho. Bueno, si les divierte hacer eso no voy a ser la tipeja que les quite esa
felicidad.
Llegué a mi parada y después de pensar las cosas confirmé que yo no fui más
que una anécdota en la historia del tipejo y cara lechuga. Estoy segura de que fui tema de conversación durante el resto de la mañana y que el tipejo tuvo que dar alguna que otra explicación a cara lechuga.
Fue todo muy absurdo. No fue una situación digna de gafas de sol.
Cosas que te ayudan a no tropezar con la misma piedra.
Y que viva el destroyismo como forma de vida.